jueves, 8 de mayo de 2014

UN GRAN POETA DE COLOMBIA: CIRO MENDIA

UN GRAN POETA DE COLOMBIA: CIRO MENDIA
Su verdadero nombre: (Carlos Edmundo Mejía Ángel)

Publicado el domingo primero de marzo de 1953
SUPLEMENTO LITERARIO - EL TIEMPO - página tercera
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Carlos Edmundo Mejía Ángel


Las canciones y los días

Tercera serie inédita para "Suplemento Literario" de EL TIEMPO.
 1
En la noche de espadas,
caen de las estrellas,
gotas de leche y música
para los niños negros y las piedras.
2
Golfo de Morrosquillo. Esmeralda en su jugo,
cofre de caracoles y de peces alfombra.
Este mar es un vaso de pájaros de vino
para  un  coctel de alondras,
8
Tu mano de sombra aguda
su vino en mi copa vierte.
Desde que te vi desnuda
sigo pensando en la muerte.
9
Noche marina de dormido aceite.
El cielo a tiro de ballesta, claro.
Las nubes de alcanfor en bicicleta
y la luna a la altura de la mano.
12
Sube a sus hojas un sopor risueño
y a sus mejillas himnos cereales.
Que la noche no lea sus misales
porque María Clemencia tiene sueño.
13
Recorta ese perfume que me mata.
Inodora te quiero, oliendo a estrella,
al corazón del agua.
16
Esta es la calle del amor, la herida
calle del as de corazones:
aquí jugué y perdí toda mi vida.
17
Endrina del Arcipreste!
Te voy o decir bonita
si me cuentas qué le diste
al de Hita.


21
Hincados los hinojos,
le suplico a tus ojos que me miren,
porque ya sólo veo con tus ojos.
23
Me hacen falta tus manos, la melada
pareja de tus manos, grandes, rojas,
tus manos de varona huracanada.
25
En el David de Miguel Ángel, sopla
un viento de titanes.
Es un canto de músculos terribles,
un tratado de alientos seculares.
29
Sonia Martínez es un eco
de libertad. Es fuego. Es nieve. Es brillo.
Es miel. Es blanca. Y es la estría
y el fondo de un crepúsculo amarillo,
30
Oh, el sabio mecanismo de la noche:
te cierra a tí los ojos
y abre los míos sin poder cerrarlos.


34
Con ritos y con música, Confucio
dijo que una nación mejor se guía.
Como los ritos en mi patria abundan,
nombro a Beethoven Jefe del Estado.
36
Asesinaron a Mahatma Gandhi,
monarca de ofendidos y humillados.
Ni una gota de sangre hubo en su muerte:
por la paz ya la había derramado.
40
Soñé con Adelaida en Adelaida.
La niña me ofrecía
una cesta de níspolas. Yo era
un  canguro rapsoda  que corría.
45
Cuando dices ¡Silencio! me parece
que cae sobre un prado de ceniza
la lluvia de una música de muerte.
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Con su roca a la espalda
Ciro Mendía

Yo vi cómo aquel hombre se comía los horizontes con sus pasos,
cómo rompía vallas de diamantes con los dientes y las uñas;
yo vi cómo en sus sienes palpitaba una fuerza de agua hirviendo,
un torrentoso anhelo de destrucción, un macizo de iras y de odios;
yo vi cómo cruzaba océanos, montañas, parques, desiertos, pantanos,
selvas, jardines y ciudades, desmelenado, abierto, furente, trepidante,
con la frente enramada de estrellas y futuros, de sudores y pólvora,
No era un hombre, era un cataclismo, una bestia con palabras y látigo.
Con los  brazos tatuados de símbolos, el corazón con ruedas de fuego,
perforando nieblas y tinieblas, árboles dormidos y puentes temblorosos,
daba el pecho al grito de las tempestades, rugiendo, apostelando,
sin parar un momento, sin caer un momento, sin dejar de esperar su sombra,
aquella sombra rota que aún tenía frescas las heridas del último tormento.
Otra brisa diabólica había hinchado, pálida, su velamen de angustias.
En sus manzanos y perales flotó el humo de hierro de la nueva hecatombe
y la voz de la muerte se oyó en su huerto con oboes de lágrimas.

Y el viento y el rayo no sabían por qué aquel pedazo de hombre corría tanto.
Yo vi cómo una noche se cortó los cabellos —los cabellos de épicos cordajes—
para hacerle una almohada a un niño enlutecido de Corea.
Lo vi llorar para calmar la sed oscura de un hermano caído y destruido.
Porque aquel ser de bálsamos malditos, volaba sin tener alas,

Corría y sus pies y sus piernas se habían quedado en otra parte.
Era él el mútilo, la flecha paralítica, la saeta partida, pero tenia piernas
pies y alas en el corazón, en los músculos, en la  mente,
porque partía a defender el orgullo multicolor de los pavos reales
y porque —con cara de diluvio— los diplomáticos dijeron —voz canosa—
que se mataran otra vez los hombres a ver si eran tan hombres como éllos.
Hizo trinar cañones y creyó que eran flautas las ametralladoras;
en la hoja de su cuchillo quedaron grabadas las mascarillas de sus víctimas
y en su afán ecuménico mató a quemarropa águilas, alondras, colibríes,
la Osa Mayor y a su gitano, las Siete Cabrillas y a su pastor sonámbulo
y más de una bala suya cayó a los pies del Padre Eterno.

¿Por qué corría tanto aquel hombre, saldo de dioses extraviados?
Porque la probidad heroica del pueblo no da espera ni cede ni vacila
y porque Prometeo continúa corriendo con su roca a la espalda.

Corría para ganar su cacho de pan, su cama negra, su vino de alimañas,
para que no destruyeran su pocilga, para que no partieran en dos a sus hijos
y a su mujer preñada; para que los ángeles y serafines de Wall Street
no fueran robados por los otros ladrones; para que su bandera
no fuese destrozada después de haber sido vendida por un bistec de hormiga.
Para espantar su miseria y la farsa económica y las falsas arengas,
para que las máquinas cantaran su canción pingüe al amo absoluto
y porque ya la patria la forman los gobiernos inútiles, los ociosos magnates,
y el trigo a media asta para que no lo vean las pupilas vestidas de hambre.
Y porque aquel hombre vacío que corría como el viento crinado,
conto eI gamo de goma, como el rayo de mástiles indómitos,
lo impulsaba un ideal clavado en la piel, en la luz en el llanto,
una pasión, la pasión máxima, la pasión vesubiana, la pasión que sostiene,
la pasión que se eleva y rebota, que es la pasión de la libertad íntegra.
Corría... volaba... —exhalación pensadora— para alcanzar al viento, al gamo, al rayo,
porque en el viento, en el gamo y en el rayo, está la ruta del hombre libre.

Por qué corría tanto aquel hombre, saldo de dioses extraviados?
Porque la prohibidad heroica del pueblo no da espera ni cede ni vacila
y porque Prometeo continúa corriendo con su roca a la espalda.

Pasó por playas de terror, por abismos de espanto, por cúpulas de cráneos,
por praderas de entrañas; bebió sangre ya negra, mascó dolor y carne de caballo
y en el idioma de la muerte habló con todos los cadáveres del mundo,
porque de todo ese mundo que miraron sus ojos, no quedó una copa de tierra
que no se llevara a sus labios aquel inocente turista del infierno.
Hasta que un día sin sonido, un día sin horas, sin lumbre, sin espacio,
—porque ya las encinas no quieren dar su sombra a los escogidos—
cuando hubo llegado a la meta segura, a la meta de cuero de la muerte,
ese mártir giróvago, ese San Sebastián de las trincheras,
se acordó que no tenía pies ni piernas ni alas, ni corazón, ni patria,
ni pasión, ni destino, ni libertad, ni sangre.

Y fue así como el gamo de goma —a la zaga— les preguntó aI viento y al rayo
por qué y para qué aquel fragmento de hombre había corrido tanto.
Callaron rayo y viento. Porque adelante iba Prometeo con la roca la espalda.

Ciro Mendía

Invitación a la muerte

Es más difícil vivir que ahorcarse.
Harmann Hesse


I
Yo no sé —ni saber quiero—
si estoy viviendo o llorando.
Para comer con la muerte,
me voy a morir un rato.

Me voy a morir de senos,
me voy a morir de labios.
Para hacerme otra envoltura,
me voy a morir un rato.

No quiero morir de Ciro,
me quiero morir de Carlos.
Para conocer la tierra,
me voy a morir un rato.

No quiero morir de muerte,
me quiero morir de sano.
Para saber si estoy vivo,
me voy a morir un rato.

No quiero morir de lunes,
me quiero morir de sábado.
Para castigar mi sexo,
me voy a morir un rato,

No quiero morir de cisne,
quiero morir de lagarto.
Para Jugar con mis huesos,
me voy a morir un rato.

No quiero morir de hoja,
mo quiero morir de pájaros
Para ver mi calavera,
me voy a morir un rato.

Me voy a morir de amigo,
me voy a morir de mármol.
Para cambiarme de ojos,
me voy a morir un rato.

Me voy a morir de vida,
me voy a morir de barro.
Para detener mi sangre,
me voy a morir un rato.

Me voy a morir de risa,
me voy a morir de árbol.
Me voy a morir un poco,
me voy a morir un rato...

¿Quién no se llama Carlos?
César Vallejo


II
Ha muerto Carlos Mejía
(¡al fin se murió de Carlos!).
En la esquina de la muerte
se lo llevaron los diablos.
Resucitó el mismo día
Y el record le quitó a Lázaro.
Su muerte y su vida fea
por fortuna no cantaron,
aedas de a dos por cinco,
juglares de tres al cuarto.
Yo no sé —ni saber quiero—
si está viviendo o llorando.
---
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Camino de sus labios

Que una fiesta de viento y brisa alabe
tu cuerpo, cuerda que a las arpas debe,
el tallo de una risa rosa, leve,
un tallo azul de nube y uva y ave.

Es un follo de nieve y ola breve,
es un tallo de música tan suave,
que el corazón —tu corazón— no sabe
si es el amor o el tallo que se mueve.

En ese tallo —es flor tu cabellera—
está de punta en blanco la blancura
y amapolando rosas je consume.

Un tallo tan sutil, que si no fuera
por la luz que sostiene tu cintura,
hasta lo doblaría tu perfume.

***

Por el camino de árboles morenos
en su coche —dragón de lejanías—
va la señora de mis buenos días,
de buenos ojos y de labios buenos.

Quedan los cielos y la tierra llenos
de aquellas sus fragantes jerarquías,
cuando la tarde rompe sus estrías
y se queda a dormir sobre sus senos.

De hoja en hoja y de ala en ala
la sigue mi sediento pensamiento
en un viaje de escalas florestales.

Y al pasar de la miel la maríscala,
sus armas de perfumes y de viento,
presentan los soldados vegetales.

***

Mi pensamiento va a tu lecho rosa
a buscar en sus márgenes tu fuego,
y vestido de insomnio en él delego
mi amor de mar, de tierra y mariposa.

Sobre tu sueño pálido se posa
el ruiseñor de plata de mi ruego,
y a su aliento de almibares entrego
la copa de mi vida silenciosa.

Cuando apareces a mi afán desnuda,
el heraldo nocturno te saluda.
Y el pensamiento —amante sigiloso—

para no despertar su norte y senda,
se aleja de tu alcoba, temeroso
de que el sol en tus brazos lo sorprenda.

***


No para en casa el pensamiento. Corre
con crépidas de viento a tu presencia
a rondar por tu egiógiea eminencia,
mástil de amor, de mi alegría torre.

Playas de espanto por tu pan recorre
—saeta de lejana transparencia—
y si tu sangre duerme y se silencia,
con mi anhélito amigo te socorre.

Rival del gamo, del centauro guía,
ya a fu lecho —de frutos melodía—
a tocar en tu carne y en tus huesos.

Con pies de brisa, de suspiro y pluma,
llega a tus muslos de rosada espuma
y sube... y sube prodigando besos.

***


(Casi soneto)

En medio de cadáveres de olas,
de sirenas, de yodos y de sales,
soy una isla insomne, inexplorada
de voz lejana y corazón distante.

Soy una isla fértil, extendida
en la epilepsia de malditos mares;
una isla de poros y sentidos
donde aullan los huesos y la sangre.

Una isla de fuego guarnecida
de niños, de fantasmas y gigantes;
una isla de sueños y alaridos

donde tú sola habitas —sol de carne—,
Una isla...  una isla... absurda... absorta...
rodeada de amor por todas partes.

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SUPLEMENTO LITERARIO - EL TIEMPO - página tercera - 1º de marzo - 1953
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